El Niño frena los huracanes: por qué la temporada 2026 del Atlántico va por debajo de lo normal
La temporada de huracanes del Atlántico de 2026, que va del 1 de junio al 30 de noviembre, sigue esperando a su primer huracán del año pese a estar ya a las puertas de septiembre. Por ahora solo tenemos a la tormenta tropical Dolly, que según las previsiones no llegará a huracán. El motivo de esta calma lo señala la propia NOAA: un fenómeno de El Niño en desarrollo que aumenta la cizalladura del viento sobre el Atlántico tropical y dificulta la formación de ciclones.
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La temporada de huracanes del Atlántico de 2026, comprendida entre el 1 de junio y el 30 de noviembre, mantiene una racha llamativa: a finales de agosto, y con la parte más activa del año a punto de comenzar, todavía no se ha registrado ningún huracán.
En estos momentos, la única presencia en la cuenca es la tormenta tropical Dolly. Sin embargo, según las previsiones, Dolly no alcanzará la categoría de huracán y se disipará sin llegar a intensificarse.
Muy por debajo de la media
Para poner la situación en contexto conviene mirar a las cifras habituales. En un año promedio, el Atlántico produce alrededor de 7 huracanes, de los cuales unos 3 se clasifican como huracanes mayores (categoría 3 o superior en la escala Saffir-Simpson). Llegar a estas alturas del calendario sin un solo huracán es, por tanto, un dato claramente inferior a lo normal.
Según una actualización de la NOAA, la agencia meteorológica y oceanográfica de Estados Unidos, la temporada 2026 se saldará por debajo de la media. Y el principal responsable tiene nombre propio: El Niño.
El papel de El Niño
El Niño es una fase del patrón climático conocido como ENSO (El Niño-Oscilación del Sur), caracterizada por un calentamiento anómalo de las aguas del Pacífico ecuatorial. Aunque se origina a miles de kilómetros de distancia, sus efectos se dejan sentir en todo el planeta, y el Atlántico no es una excepción.
La NOAA señala que el episodio de El Niño, actualmente en desarrollo, se irá reforzando a lo largo de lo que queda de año. Su efecto sobre la cuenca atlántica es bien conocido: El Niño incrementa la cizalladura del viento sobre el Atlántico tropical, un factor claramente desfavorable para la formación y el desarrollo de ciclones tropicales.
¿Qué es la cizalladura y por qué frena los huracanes?
La cizalladura del viento es la diferencia de dirección o de velocidad del viento entre distintas alturas de la atmósfera. Un huracán necesita una estructura vertical bien organizada para crecer: una columna de tormentas alineada que le permita concentrar energía en su centro.
Cuando la cizalladura es alta, esos vientos "descabezan" la tormenta, inclinan y desorganizan su estructura y le impiden consolidarse. Es, en esencia, como intentar apilar una torre mientras alguien empuja cada piso en una dirección distinta. Por eso los años de El Niño suelen traducirse en temporadas atlánticas más tranquilas.
Una buena noticia, en el fondo
Aunque hablar de huracanes siempre despierta inquietud, en este caso el balance es positivo. Que El Niño esté manteniendo a raya la actividad significa que el Caribe, el Golfo de México y la costa este de Estados Unidos se libran, por el momento, de los episodios más peligrosos y costosos asociados a los grandes huracanes, capaces de causar víctimas y daños multimillonarios.
Conviene recordar, eso sí, que la temporada no termina hasta el 30 de noviembre y que su punto álgido se sitúa en torno a mediados de septiembre. Una temporada por debajo de la media no equivale a una temporada sin riesgo: basta un único huracán tocando tierra para convertir un año "tranquilo" en un año trágico. La vigilancia, por tanto, sigue siendo necesaria.
En estos momentos, la única presencia en la cuenca es la tormenta tropical Dolly. Sin embargo, según las previsiones, Dolly no alcanzará la categoría de huracán y se disipará sin llegar a intensificarse.
Muy por debajo de la media
Para poner la situación en contexto conviene mirar a las cifras habituales. En un año promedio, el Atlántico produce alrededor de 7 huracanes, de los cuales unos 3 se clasifican como huracanes mayores (categoría 3 o superior en la escala Saffir-Simpson). Llegar a estas alturas del calendario sin un solo huracán es, por tanto, un dato claramente inferior a lo normal.
Según una actualización de la NOAA, la agencia meteorológica y oceanográfica de Estados Unidos, la temporada 2026 se saldará por debajo de la media. Y el principal responsable tiene nombre propio: El Niño.
El papel de El Niño
El Niño es una fase del patrón climático conocido como ENSO (El Niño-Oscilación del Sur), caracterizada por un calentamiento anómalo de las aguas del Pacífico ecuatorial. Aunque se origina a miles de kilómetros de distancia, sus efectos se dejan sentir en todo el planeta, y el Atlántico no es una excepción.
La NOAA señala que el episodio de El Niño, actualmente en desarrollo, se irá reforzando a lo largo de lo que queda de año. Su efecto sobre la cuenca atlántica es bien conocido: El Niño incrementa la cizalladura del viento sobre el Atlántico tropical, un factor claramente desfavorable para la formación y el desarrollo de ciclones tropicales.
¿Qué es la cizalladura y por qué frena los huracanes?
La cizalladura del viento es la diferencia de dirección o de velocidad del viento entre distintas alturas de la atmósfera. Un huracán necesita una estructura vertical bien organizada para crecer: una columna de tormentas alineada que le permita concentrar energía en su centro.
Cuando la cizalladura es alta, esos vientos "descabezan" la tormenta, inclinan y desorganizan su estructura y le impiden consolidarse. Es, en esencia, como intentar apilar una torre mientras alguien empuja cada piso en una dirección distinta. Por eso los años de El Niño suelen traducirse en temporadas atlánticas más tranquilas.
Una buena noticia, en el fondo
Aunque hablar de huracanes siempre despierta inquietud, en este caso el balance es positivo. Que El Niño esté manteniendo a raya la actividad significa que el Caribe, el Golfo de México y la costa este de Estados Unidos se libran, por el momento, de los episodios más peligrosos y costosos asociados a los grandes huracanes, capaces de causar víctimas y daños multimillonarios.
Conviene recordar, eso sí, que la temporada no termina hasta el 30 de noviembre y que su punto álgido se sitúa en torno a mediados de septiembre. Una temporada por debajo de la media no equivale a una temporada sin riesgo: basta un único huracán tocando tierra para convertir un año "tranquilo" en un año trágico. La vigilancia, por tanto, sigue siendo necesaria.